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La Villa de los Misterios de Pompeya

Villa de los Misterios de Pompeya

La Villa de los Misterios

En los alrededores de Pompeya existían varias villas suburbanas, grandes mansiones aisladas, destinadas a la explotación agrícola, y que incluían una zona residencial. Es el caso de la llamada Villa de los Misterios, situada en las cercanías de Porta Herculano.


Origen y descubrimientos

Su construcción data del s. II a. C., aunque, como el resto de las casas pompeyanas, tuvo reformas posteriores. Siguiendo el modelo habitual de las villas, estaba ligada a la explotación agrícola, contando también con una rica y fastuosa parte residencial. Las excavaciones sacaron el viridarium y su área pensil y el torcularium, identificado gracias a una prensa para la producción de vino. El torcularium se ha reconstruido en base a los restos conservados pero sustituyendo la madera. La viga que se usaba para presionar la uva, ya pisada, termina en una cabeza de carnero tallada.

El jugo caía directamente a través de una canalización a la zona de la bodega, para después conservarse en dolia, grandes vasijas de cerámica que permanecían semienterradas. En 2018 se desenterró un caballo en unos establos ubicados junto a la villa.


Los frescos

La villa recibe su nombre de los frescos de una de sus estancias. Son uno de los conjuntos de decoración parietal más impresionantes de todo Pompeya y se conocen con el nombre de megalografía, por el gran tamaño de los personajes representados, de escala mayor a la habitual en este tipo de pinturas.

El nombre de “misterios” otorgado a las pinturas de esta villa suburbana, tiene que ver con la interpretación que se ha dado al significado de la escena: en ella se ha querido ver la representación de un culto dionisíaco de carácter mistérico, es decir, con una serie de ritos iniciáticos femeninos destinados a la adoración de Baco, el Dionisio de los griegos.

El propio Dionisio ha sido identificado en la figura de un hombre ebrio, apoyado en el regazo de una mujer, tal vez su esposa Ariadna. Sin embargo, no todos los autores están de acuerdo con esta interpretación, de complejo significado.


Los estilos de pintura

Esta megalografía no encaja propiamente hablando en ninguno de los cuatro estilos en los que se clasifica la pintura romana. Fue precisamente en Pompeya donde se estableció, a finales del s. XIX, esta categorización que responde a una serie de variaciones estilísticas a lo largo del tiempo. El primer estilo es el más sencillo de todos y responde a unas sencillas composiciones que imitan un paramento de sillares de piedra o mármoles de distintos colores, en las que predominan los colores negro, amarillo y rojo.

El segundo estilo responde a cambios en los gustos estéticos que tienen como consecuencia composiciones de falsas arquitecturas y paisajes en perspectiva. Entre medias, intercalan dibujos de máscaras teatrales, jarrones decorativos y cuadros de pequeñas dimensiones, con paisajes o personajes mitológicos. Hay que recordar que un paseo por la pintura pompeyana supone una auténtica inmersión en la mitología clásica y la posibilidad de ir reconociendo a algunos de las divinidades más significativas o de los episodios más populares, como Teseo y Ariadna a las puertas del laberinto o distintas escenas de la Guerra de Troya, por citar dos ejemplos. Con la ilusión de los paisajes del segundo estilo consiguen generar la sensación de la ampliación del espacio real, respondiendo casi a un efecto de trampatojo. Este segundo estilo también es conocido como estilo arquitectónico.

El tercer estilo se introduce en época de Augusto, el primer emperador, y responde a modelos más clasicistas, con cuadros o escenas colocados en la parte central de la pared, enmarcados por fondos planos, de un único color. También es conocido como «estilo ornamental», a pesar de que responde a cánones más sencillos, por referirse a los pequeños elementos decorativos, como motivos florales o pequeñas decoraciones, que completan las composiciones.

Por último, el cuarto estilo, presente en la ciudad a partir del año 50 d. C., organiza las paredes en perspectivas más complejas e irreales, en las que se crean espacios imaginarios con una ornamentación más cargada que hacen que también se conozca con el nombre de «estilo fantástico».


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